Ultimamente estoy yo muy francés
"Es hermosa mujer, de buena figura,
que arrastra en el vino su cabellera.
Las garras del amor, los venenos del garito,
todo resbala y se embota en su piel de granito.
Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria,
y ambas, que todo inmolan a su ferocidad,
han respetado siempre en su juego salvaje,
de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad.
Anda como una diosa y reposa como una sultana;
tiene por el placer una fe mahometana,
y en sus brazos abiertos que llenan sus senos
atrae con la mirada a toda la raza humana.
Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!,
necesaria no obstante a la marcha del mundo,
que la belleza del cuerpo es sublime don,
que de toda infamia asegura el perdón.
Ignora el infierno igual que el purgatorio,
y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra,
mirará de la Muerte el rostro,
como un recién nacido, sin odio ni remordimiento.
Un fragmento de "Las flores del mal" para empezar el día.
martes 26 de mayo de 2009
miércoles 13 de mayo de 2009
Offspring pretty fly
Hacía tiempo que no escuchaba a los Offspring. Para alguien que venía del heavy y del punk ochentero , como yo, estos tíos fueron un referente en los noventa. Es dificil de explicar . Me jode que luego a apoyaran a Bush en la guerra de Irak, pero lo cortés no quita lo valiente, y me siguen gustando un huevo. Alguien me los ha recordado hoy. Gracias. No te puedes imaginar que tarde más guapa me has regalado.
viernes 8 de mayo de 2009
El corazón hermético
Guardé mi corazón en la mochila, hace ya, ¡puff! una tira de tiempo. Abandoné la senda que, poco a poco, fui dibujando hasta aquel momento; dejé a mi compañera, con el alma arañada por una esperanza mil veces frustrada, y moldeé en su cara el rostro de la decepción.
Pero estoy aquí, y soy mejor.
Esbocé con tiza roja un camino nuevo hacía otro lugar, buscando la manera de volver a ser yo mismo, pues la cotidianeidad del tiempo, los anhelos rescatados del baúl adolescente donde permanecen vivas las ilusiones postreras, cegaron mi entendimiento, y en la elasticidad acomodaticia de la rutina, confundieron mis sentidos.
Y no era feliz.
Enfilé por la calle de enmedio, como suelo hacer siempre; me tiré a la piscina pensando que podría hacer saltos de trampolín en un vaso lleno de agua, y aunque demostré la misma gracia que un paquidermo perdido en una cacharrería, no salí mal parado del todo.
Me arriesgué.
Amé, lloré, grité.
Me vacié para poder volver a llenarme, como un borracho, como un adicto a la vida.
Vaciando los posos del ayer; las excrecencias que debían ser eliminadas por el retrete de mi cuarto de baño. Filtrando, aclarando mi alma.
Me limpié.
Fui testigo del mayor milagro y víctima de la peor tragedia: ver como mi futuro crecía y no poder guardarle conmigo. Pero jugamos, y reímos, y pintamos peces azules, y lunas con cara de perra, y trenes de ojos grandes. Y en un mohín de pura inocencia, en una mirada que, por un segundo, solo por un segundo, me devolvió a la impecable blancura de las hojas de un cuaderno escolar sin estrenar
Me encontré
Y me vi hermoso, como hacía años que no me veía.
Pero también frágil y vulnerable.
Y entonces comprendí que ya mi tiempo había pasado, y otro era ahora el elegido de los dioses.
El que tiene que trazar su camino con tiza roja.
A partir de entonces, la senda que voy trazando ya no está pintada de rojo, sino de blanco, de un blanco luminoso que se pueda ver, incluso, en la noche más cerrada, porque mi camino ya no busca más sentido, que intentar eliminar los obstáculos de la senda del que viene detrás de mí.
Pero estoy aquí, y soy mejor.
Esbocé con tiza roja un camino nuevo hacía otro lugar, buscando la manera de volver a ser yo mismo, pues la cotidianeidad del tiempo, los anhelos rescatados del baúl adolescente donde permanecen vivas las ilusiones postreras, cegaron mi entendimiento, y en la elasticidad acomodaticia de la rutina, confundieron mis sentidos.
Y no era feliz.
Enfilé por la calle de enmedio, como suelo hacer siempre; me tiré a la piscina pensando que podría hacer saltos de trampolín en un vaso lleno de agua, y aunque demostré la misma gracia que un paquidermo perdido en una cacharrería, no salí mal parado del todo.
Me arriesgué.
Amé, lloré, grité.
Me vacié para poder volver a llenarme, como un borracho, como un adicto a la vida.
Vaciando los posos del ayer; las excrecencias que debían ser eliminadas por el retrete de mi cuarto de baño. Filtrando, aclarando mi alma.
Me limpié.
Fui testigo del mayor milagro y víctima de la peor tragedia: ver como mi futuro crecía y no poder guardarle conmigo. Pero jugamos, y reímos, y pintamos peces azules, y lunas con cara de perra, y trenes de ojos grandes. Y en un mohín de pura inocencia, en una mirada que, por un segundo, solo por un segundo, me devolvió a la impecable blancura de las hojas de un cuaderno escolar sin estrenar
Me encontré
Y me vi hermoso, como hacía años que no me veía.
Pero también frágil y vulnerable.
Y entonces comprendí que ya mi tiempo había pasado, y otro era ahora el elegido de los dioses.
El que tiene que trazar su camino con tiza roja.
A partir de entonces, la senda que voy trazando ya no está pintada de rojo, sino de blanco, de un blanco luminoso que se pueda ver, incluso, en la noche más cerrada, porque mi camino ya no busca más sentido, que intentar eliminar los obstáculos de la senda del que viene detrás de mí.
martes 7 de abril de 2009
Into the wild (Hacia rutas salvajes)

Es la cuarta película en la filmografía del actor Sean Penn, en su faceta de realizador.
Si bien Penn resulta una autentica estrella de la industria, conocido , tanto por su polémico posicionamiento político, como por una brillante carrera delante de las cámaras, todo ello aderezado por gotas de ese aroma, sugerente y perverso, que es el glamour hollywoodiense y la industria del corazón, es justo reconocerle, además, una calidad como director que se viene ganando a pulso desde su primer film The indian runner (Extraño vínculo de sangre, 1991); una carrera ampliada con cintas posteriores, The crossing Guard (Cruzando la oscuridad,1995) y The Pledge (El juramento,2001), además de un precioso cortometraje en la peli homenaje 11´09´´01, que le valió un galardón en el Festival de Venecia
En Into de Wild, traducida al castellano como Hacia tierras salvajes, Penn toma prestada la historia de Christopher MacCandless (interpretado por Emile Hirsch), de las manos directas de Jon Krakauel, escritor y novelista, que publicó en 1996 la novela homónima.
Joven, culto, cualificado y recien licenciado del instituto, Chris se encuentra en la tesitura de elegir qué quiere hacer con su vida. Una crisis existencialista que pretende mostrar el choque moral de una sociedad convencional y decadente, representada por su padres, en contraste con los valores propios de aquellos que entienden la vida como una experiencia trascendente.
El tono de la peli recuerda a aquellos filmes setenteros, con John Void, Dustin Hoffman, Redford (aquellos montajes tan televisivos con zooms exagerados, planos quemados, ralentizados, etc...), con tintes indies (esos preciosos grandes angulares que tanto me gustan) y con una banda sonora agradable y evocadora, que acentúa ese punto ascético del que se imbulle este muchacho, en su intento de alcanzar la comunión plena con la naturaleza, con el origen; el viaje como metáfora de la vida, el camino, la propia experiencia trascendente
El destino es Alaska.
En el trayecto se queda Chris, y nace su alter ego, Alexander Supertramp, que conocerá otra realidad, se cruzará con otras personas, se implicará, y sobre todo, no dejará de buscar, hasta las últimas consecuencias.
El contrapunto lo introduce la voz en off de su hermana, un personaje auxiliar bien perfilado y creo que, como recurso narrativo, bastante bien utilizado, que nos muestra la reacción que la desaparición de Christopher ha tenido en su familia, y las consecuencias en el entorno abandonado.
Si bien Penn resulta una autentica estrella de la industria, conocido , tanto por su polémico posicionamiento político, como por una brillante carrera delante de las cámaras, todo ello aderezado por gotas de ese aroma, sugerente y perverso, que es el glamour hollywoodiense y la industria del corazón, es justo reconocerle, además, una calidad como director que se viene ganando a pulso desde su primer film The indian runner (Extraño vínculo de sangre, 1991); una carrera ampliada con cintas posteriores, The crossing Guard (Cruzando la oscuridad,1995) y The Pledge (El juramento,2001), además de un precioso cortometraje en la peli homenaje 11´09´´01, que le valió un galardón en el Festival de Venecia
En Into de Wild, traducida al castellano como Hacia tierras salvajes, Penn toma prestada la historia de Christopher MacCandless (interpretado por Emile Hirsch), de las manos directas de Jon Krakauel, escritor y novelista, que publicó en 1996 la novela homónima.
Joven, culto, cualificado y recien licenciado del instituto, Chris se encuentra en la tesitura de elegir qué quiere hacer con su vida. Una crisis existencialista que pretende mostrar el choque moral de una sociedad convencional y decadente, representada por su padres, en contraste con los valores propios de aquellos que entienden la vida como una experiencia trascendente.
El tono de la peli recuerda a aquellos filmes setenteros, con John Void, Dustin Hoffman, Redford (aquellos montajes tan televisivos con zooms exagerados, planos quemados, ralentizados, etc...), con tintes indies (esos preciosos grandes angulares que tanto me gustan) y con una banda sonora agradable y evocadora, que acentúa ese punto ascético del que se imbulle este muchacho, en su intento de alcanzar la comunión plena con la naturaleza, con el origen; el viaje como metáfora de la vida, el camino, la propia experiencia trascendente
El destino es Alaska.
En el trayecto se queda Chris, y nace su alter ego, Alexander Supertramp, que conocerá otra realidad, se cruzará con otras personas, se implicará, y sobre todo, no dejará de buscar, hasta las últimas consecuencias.
El contrapunto lo introduce la voz en off de su hermana, un personaje auxiliar bien perfilado y creo que, como recurso narrativo, bastante bien utilizado, que nos muestra la reacción que la desaparición de Christopher ha tenido en su familia, y las consecuencias en el entorno abandonado.
A mí me parece una gran película, aunque sí es cierto que, en ocasiones, la historia se espesa en demasía a causa, precisamente, de ese tono vintage del que hablaba antes. Además se disfruta de una fotogenia excelente; un marco excelente para un desenlace que raya el misticismo.
Muy recomendable
Muy recomendable
sábado 28 de marzo de 2009
Samanta Villar, 21 días... fumando porros

Este reportaje debería haberse llamado de otra forma, algo así como "El gran atracón".
Lo que ha hecho esta chica es una autentica barbaridad, y como experiencia, sencillamente no creo que tenga un gran valor; que una persona que no suele fumar cannabis se pegue una panzada en veintiún días no significa que le acredite para poder entender, ni siquiera por asomo, la diversidad de sensaciones, aspectos y circunstancias que rodean a los consumidores habituales de cannabis.
Y no es que el reportaje esté mal. Creo que tiene cosas bastante destacables, otras no tanto, y otras simplemente tendenciosas y con un tufo a moralina que canta más que un canuto de Superskunk.
La conclusión que saco del reportaje, no es otra que no es tanto la droga en sí, sino el consumo que cada persona haga de ella, pero eso no es ninguna novedad. A quien más y a quien menos nos gusta quedar el sábado o el domingo, a eso del mediodía, para tomarnos unos botellines con los amiguetes, y eso no significa que todos nos bebamos una botella de alcohol destilado al cabo del día.
En mi opinión, creo que la persona fumadora de cannabis, ante todo no debe engañarse. El cannabis es una droga, como otra cualquiera, y como tal no se puede considerar inocua: tiene efectos y consecuencias: afecta a la percepción, crea sindrome de abstinencia, incidencia en la salud, dependencia, etc. Que estos efectos no sean tan acentuados como en otras sustancias no quiere decir que no existan, y el que no lo quiera ver se está engañando.
Y que conste que a un servidor le gusta fumar porretes. Eso sí, si descontamos los antes mencionados botellines, tampoco consumo otras sustancias. La gente que me conoce puede ratificarlo.
Es una cuestión más de hábitos que otra cosa. Llegas del trabajo hasta las narices y te apetece relajarte. Quedas con tus amigos y te echas unas risas. O bien estás en casa, y te apetece fumarte un flai mientras repasas algo que has escrito, precisamente porque te gusta ese cambio en la percepción, ese puntito de depresión lúcida del que habla Antonio Escohotado en el video, que te da cierto distanciamiento. Te aleja un poquito, ojo; ni te hace escribir mejor, ni te va a inspirar, que quede claro.
Sin embargo afecta, y mucho, cuando necesitas empeñar toda tu atención durante el desarrollo de un trabajo, o en relaciones personales que se salen del mero contexto de la amistad, o simplemente cuando tu mente necesita estar al cien por cien, vamos, que si fumas costo o maría mientras curras, tienes muchas papeletas para cagarla... o quizás no, pero a mí no me gusta, precisamente porque me angustia, me emparanoia y en vez de ser una experiencia agradable se convierte en un rato bastante mustio, que es lo que le pasa a a esta chica durante el reportaje. En cualquier caso te pasaría lo mismo si fueras cocido a carajillos. Creo que es una obviedad manifiesta, para eso no había hecho falta que te pusieras gocha, mujer.
Una pregunta para Samanta, con respecto a los chicos de Proyecto Hombre que aparecen en el reportaje: ¿Solamente fumaban porros? Lo digo porque yo soy de Carabanchel, conozco a gente que ha pasado por esa asociación, y a otros que sin pasar por ella han vivido situaciones parecidas, y lo más común en todos ellos es que el cannabis solo haya sido una más de las distintas sustancias que han consumido. No entro en el manido debate de si han empezado con porros y han acabado enganchados al caballo, probablemente el hecho de ver a su padre más tiempo en el bar que en su casa también influyera. Pero en cualquier caso no solo han sido los porros los que han arruinado su vida, en todo caso habrá sido el hecho, cada vez más normal (y de ahí el alarmante incremento) de incluir el consumo de drogas (unas más aceptadas socialmente que otras, como el alcohol) como elemento de ocio, algo que en las sociedades desarrolladas lleva pasando desde hace casi cuarenta años (del tabaco ni hablo), y ahí tiene mucho que decir el nivel cultural, educacional, el ámbito familiar y el entorno social de los potenciales consumidores.
Tampoco voy a entrar en el debate sobre la legalización. Creo que puede tener cosas negativas y otras muchas positivas; como ya he comentado antes creo que es más una cuestión de cada consumidor que de la droga en sí, no creo que fuera la solución al problema; en algunos casos resultaría nefasta, en otros muchos creo que muy positiva por lo que conlleva en terminos de control de calidad, información o precio.
Otra cuestión ¿Dónde queda la libertad del individuo, conocedor de estas consecuencias y efectos de los que hablo, para decidir si quiere o no fumarse un porro? En el reportaje ni se plantea. Conozco los coffeeshops de Amsterdam, y lo que más me gusta de ellos es la sensación de normalidad que me ha invadido cuando me he sentado en una terraza a fumarme un canutito, después de una buena pateada por la ciudad, sin verme a mí mismo como un marginal que está haciendo algo malo, y sin sentirme juzgado.
Estoy seguro que más de una persona que pueda leer este post, pensaría que, pese a lo que quiera contar, soy un drogadicto en potencia, o un alcohólico en potencia por lo que he dicho antes de los botellines, y es probable que tenga razón. Sin embargo creo que llevo mi vida con bastante normalidad, o por lo menos no veo que mis problemas sean muy distintos a los de otra gente que ni fuma ni bebe, y lo que también he tenido ocasión de comprobar es que hay gente que hace este tipo de juicios y vive en un continuo conflicto, en una especie de lucha contra el montón de estímulos a los que nuestra forma de vida nos enfreta de forma cotidiana. Eso si no son directamente unos hipócritas.
Una última reflexión con respecto a los efectos en la percepción, la perdida de atención, o las consecuencias sobre la salud ¿Acaso trabajar doce horas todos los días no genera los mismos problemas? ¿Para cuando una ley que prohiba trabajar un montón de horas seguidas? (Y eso que no entro en otro tipo de demagogias como la adicción a la tele o la religión, que esa es otra)
Un besote hermétic@s
Lo que ha hecho esta chica es una autentica barbaridad, y como experiencia, sencillamente no creo que tenga un gran valor; que una persona que no suele fumar cannabis se pegue una panzada en veintiún días no significa que le acredite para poder entender, ni siquiera por asomo, la diversidad de sensaciones, aspectos y circunstancias que rodean a los consumidores habituales de cannabis.
Y no es que el reportaje esté mal. Creo que tiene cosas bastante destacables, otras no tanto, y otras simplemente tendenciosas y con un tufo a moralina que canta más que un canuto de Superskunk.
La conclusión que saco del reportaje, no es otra que no es tanto la droga en sí, sino el consumo que cada persona haga de ella, pero eso no es ninguna novedad. A quien más y a quien menos nos gusta quedar el sábado o el domingo, a eso del mediodía, para tomarnos unos botellines con los amiguetes, y eso no significa que todos nos bebamos una botella de alcohol destilado al cabo del día.
En mi opinión, creo que la persona fumadora de cannabis, ante todo no debe engañarse. El cannabis es una droga, como otra cualquiera, y como tal no se puede considerar inocua: tiene efectos y consecuencias: afecta a la percepción, crea sindrome de abstinencia, incidencia en la salud, dependencia, etc. Que estos efectos no sean tan acentuados como en otras sustancias no quiere decir que no existan, y el que no lo quiera ver se está engañando.
Y que conste que a un servidor le gusta fumar porretes. Eso sí, si descontamos los antes mencionados botellines, tampoco consumo otras sustancias. La gente que me conoce puede ratificarlo.
Es una cuestión más de hábitos que otra cosa. Llegas del trabajo hasta las narices y te apetece relajarte. Quedas con tus amigos y te echas unas risas. O bien estás en casa, y te apetece fumarte un flai mientras repasas algo que has escrito, precisamente porque te gusta ese cambio en la percepción, ese puntito de depresión lúcida del que habla Antonio Escohotado en el video, que te da cierto distanciamiento. Te aleja un poquito, ojo; ni te hace escribir mejor, ni te va a inspirar, que quede claro.
Sin embargo afecta, y mucho, cuando necesitas empeñar toda tu atención durante el desarrollo de un trabajo, o en relaciones personales que se salen del mero contexto de la amistad, o simplemente cuando tu mente necesita estar al cien por cien, vamos, que si fumas costo o maría mientras curras, tienes muchas papeletas para cagarla... o quizás no, pero a mí no me gusta, precisamente porque me angustia, me emparanoia y en vez de ser una experiencia agradable se convierte en un rato bastante mustio, que es lo que le pasa a a esta chica durante el reportaje. En cualquier caso te pasaría lo mismo si fueras cocido a carajillos. Creo que es una obviedad manifiesta, para eso no había hecho falta que te pusieras gocha, mujer.
Una pregunta para Samanta, con respecto a los chicos de Proyecto Hombre que aparecen en el reportaje: ¿Solamente fumaban porros? Lo digo porque yo soy de Carabanchel, conozco a gente que ha pasado por esa asociación, y a otros que sin pasar por ella han vivido situaciones parecidas, y lo más común en todos ellos es que el cannabis solo haya sido una más de las distintas sustancias que han consumido. No entro en el manido debate de si han empezado con porros y han acabado enganchados al caballo, probablemente el hecho de ver a su padre más tiempo en el bar que en su casa también influyera. Pero en cualquier caso no solo han sido los porros los que han arruinado su vida, en todo caso habrá sido el hecho, cada vez más normal (y de ahí el alarmante incremento) de incluir el consumo de drogas (unas más aceptadas socialmente que otras, como el alcohol) como elemento de ocio, algo que en las sociedades desarrolladas lleva pasando desde hace casi cuarenta años (del tabaco ni hablo), y ahí tiene mucho que decir el nivel cultural, educacional, el ámbito familiar y el entorno social de los potenciales consumidores.
Tampoco voy a entrar en el debate sobre la legalización. Creo que puede tener cosas negativas y otras muchas positivas; como ya he comentado antes creo que es más una cuestión de cada consumidor que de la droga en sí, no creo que fuera la solución al problema; en algunos casos resultaría nefasta, en otros muchos creo que muy positiva por lo que conlleva en terminos de control de calidad, información o precio.
Otra cuestión ¿Dónde queda la libertad del individuo, conocedor de estas consecuencias y efectos de los que hablo, para decidir si quiere o no fumarse un porro? En el reportaje ni se plantea. Conozco los coffeeshops de Amsterdam, y lo que más me gusta de ellos es la sensación de normalidad que me ha invadido cuando me he sentado en una terraza a fumarme un canutito, después de una buena pateada por la ciudad, sin verme a mí mismo como un marginal que está haciendo algo malo, y sin sentirme juzgado.
Estoy seguro que más de una persona que pueda leer este post, pensaría que, pese a lo que quiera contar, soy un drogadicto en potencia, o un alcohólico en potencia por lo que he dicho antes de los botellines, y es probable que tenga razón. Sin embargo creo que llevo mi vida con bastante normalidad, o por lo menos no veo que mis problemas sean muy distintos a los de otra gente que ni fuma ni bebe, y lo que también he tenido ocasión de comprobar es que hay gente que hace este tipo de juicios y vive en un continuo conflicto, en una especie de lucha contra el montón de estímulos a los que nuestra forma de vida nos enfreta de forma cotidiana. Eso si no son directamente unos hipócritas.
Una última reflexión con respecto a los efectos en la percepción, la perdida de atención, o las consecuencias sobre la salud ¿Acaso trabajar doce horas todos los días no genera los mismos problemas? ¿Para cuando una ley que prohiba trabajar un montón de horas seguidas? (Y eso que no entro en otro tipo de demagogias como la adicción a la tele o la religión, que esa es otra)
Un besote hermétic@s
jueves 26 de marzo de 2009
The way we were

Sydney Pollack dirigió a Robert Redford y a Barbra Streisand en 1973, en un film conmovedor, que, sin abandonar del todo los tintes sensibloides que caracterizan los dramas románticos de Pollack (vease Memorias de África), llega al corazón cargado de una serie de valores que le imprimen una cercanía atractiva por reconocible, intrinseca al mundo real, y, en muchos casos, identificable con la propia experiencia del espectador.
Fugaces momentos de felicidad, de pasión, de cariño; necesidad y admiración por la persona amada, por encima incluso de la propia coherencia; ilusión y esperanza por superar las incompatibilidades... desengaños y traiciones que no son sino el reflejo de nuestras propias contradicciones, que permanenecen latentes en toda relación, arrinconadas porque el amor es ciego, sordo y torpe, pero que el tiempo y la convivencia siempre se encargan en sacar a la luz.
Un servidor lo aprendió por la vía mártir.
Hubbell Gardiner y Katie Morowski son dos personajes con muy diferente caracter. Él, típico joven estudiante americano, talentoso, popular, guapo y ganador; todo un aspirante a engrosar la juventud burguesa americana de finales de los años treinta, que intentaba olvidar los años negros de la depresión vivida por sus padres, amparados por la recuperación económica y el ambiente progresista proporcionado por la administración Roosevelt. Katie también es heredera de aquellos tiempos, pero en su caso se ha generado un compromiso político y social, una mujer pragmatica, acostumbrada a llamar a las cosas por su nombre.
No puedo dejar de reseñar la breve pero emotiva referencia que, en un momento dado, hace Katie a la guerra civil española y el llamamiento de ayuda a favor de la República. Algo totalmente inaudito en una peli americana.
Y es ese antagonismo, precisamente, el que los convierte en amantes; la fascinación por lo que cada uno representa: la coherencia personal y el compromiso de Katie y las ansias de vivir de Hubbell... y lo que convertirá su amor, pese a todo, en un imposible.
Marvin Hamlisch el compositor de "The way we were", ganó el oscar a la mejor banda sonora original, interpretada y convertida por la propia Streisand en uno de los temas más emotivos y reconocibles de la historia del cine.
No soy muy dado a este genero del drama romántico, pero hoy la astenia primaveral me ha podido. Eso y el recuerdo de dos amores que por intensos, se volvieron imposibles. Este post está dedicado a ellas.
Feliz primavera, hermétic@s
Fugaces momentos de felicidad, de pasión, de cariño; necesidad y admiración por la persona amada, por encima incluso de la propia coherencia; ilusión y esperanza por superar las incompatibilidades... desengaños y traiciones que no son sino el reflejo de nuestras propias contradicciones, que permanenecen latentes en toda relación, arrinconadas porque el amor es ciego, sordo y torpe, pero que el tiempo y la convivencia siempre se encargan en sacar a la luz.
Un servidor lo aprendió por la vía mártir.
Hubbell Gardiner y Katie Morowski son dos personajes con muy diferente caracter. Él, típico joven estudiante americano, talentoso, popular, guapo y ganador; todo un aspirante a engrosar la juventud burguesa americana de finales de los años treinta, que intentaba olvidar los años negros de la depresión vivida por sus padres, amparados por la recuperación económica y el ambiente progresista proporcionado por la administración Roosevelt. Katie también es heredera de aquellos tiempos, pero en su caso se ha generado un compromiso político y social, una mujer pragmatica, acostumbrada a llamar a las cosas por su nombre.
No puedo dejar de reseñar la breve pero emotiva referencia que, en un momento dado, hace Katie a la guerra civil española y el llamamiento de ayuda a favor de la República. Algo totalmente inaudito en una peli americana.
Y es ese antagonismo, precisamente, el que los convierte en amantes; la fascinación por lo que cada uno representa: la coherencia personal y el compromiso de Katie y las ansias de vivir de Hubbell... y lo que convertirá su amor, pese a todo, en un imposible.
Marvin Hamlisch el compositor de "The way we were", ganó el oscar a la mejor banda sonora original, interpretada y convertida por la propia Streisand en uno de los temas más emotivos y reconocibles de la historia del cine.
No soy muy dado a este genero del drama romántico, pero hoy la astenia primaveral me ha podido. Eso y el recuerdo de dos amores que por intensos, se volvieron imposibles. Este post está dedicado a ellas.
Feliz primavera, hermétic@s
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